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VICENTE DE LERINS

CONJURA ACADEMICA, por J.Barril

CONJURA ACADEMICA, por J.Barril «El conferenciante acababa de tomar sus notas. Un viejo truco de conferenciante es tener siempre el mismo argumento pero adornarlo con temas locales, con anécdotas que el público de esa noche aceptará con una sonrisa y, así, conseguir su complicidad. Curioso oficio este de ir por el mundo a predicar sobre algo que no es ningún dogma. Un conferenciante es una persona llena de dudas cuya función es transmitir sus dudas a los que le escuchan. Eso si es que hay alguien para escuchar.
El maduro conferenciante, mientras iba tomando notas sobre la historia local, se entretenía en contar. Contaba las sillas, todas ellas vacías, que la institución había dispuesto para aquel acto. "Hay que dar siempre media hora de cortesía", se decía a sí mismo. Y la organizadora del acto iba paseando arriba y abajo de la sala vacía. No por atractiva dejaba de estar más tensa e inquieta. ¿Qué podía estar pasando para que nadie llegara a la cita en el momento oportuno? La señora, una mujer soltera, ya había tenido que excusarse ante el conferenciante por la ausencia del alcalde. La prensa comarcal había decidido que era más importante cubrir el encuentro de la máxima categoría de un deporte tradicional en el que el equipo municipal se jugaba su prestigio. Por si fuera poco, llovía. O sea, que no había nadie y estaban a punto de vencer los 30 minutos de cortesía.
"La verdad, señor, no entiendo lo que ha podido suceder. Hemos hecho un gran esfuerzo para que la gente viniera, pero tal vez la lluvia, tal vez un atasco". El conferenciante no era nuevo en ese oficio de esperar a las multitudes y que éstas se limiten a cuatro o cinco personas con sueño atrasado y pocas ganas de dudar de nada. "No se preocupe usted, señorita. Les daremos un cuarto de hora de cortesía más". Y la funcionaria de la concejalía de Cultura se sentía aliviada por la comprensión del conferenciante. Y salía a la calle mojada para ver si con su presencia conseguía introducir en la sala a una mínima audiencia. "¿No ve que en la calle se va usted a mojar? Pase y siéntese. Y escuche usted al prestigioso académico que ha tenido la amabilidad de venir a este rincón del mundo sólo para usted". Eso les diría. Pero nadie pasaba por la calle. Y en el cercano pabellón se escuchaba el rugido de las masas apoyando al equipo local, que se había adelantado en el marcador de aquel extraño deporte ancestral.
Cayó el cuarto de hora de cortesía. Tres cuartos de hora sobre el horario previsto. En la sala sólo dos personas. Las dos con mucha historia personal a sus espaldas y con muchas frases huecas por decir a nadie. El conferenciante le dijo: "No se preocupe usted. Yo tengo muchas cosas por decir y no tengo a nadie que me escuche. Y usted tiene muchas cosas por callar y no hace otra cosa que intentar hablar conmigo. Dejémonos estar en el silencio confortable de una sala demasiado grande y, dentro de un cuarto de hora, decidiremos". La funcionaria no estaba para llevar la contraria a alguien a quien el pueblo había dejado en la más absoluta soledad. Se sentó en la primera fila. El conferenciante en la mesa, ante el micrófono. Conectó el micrófono sólo para que se oyera su respiración y demostrar al mundo que no había muerto. Se miraron largamente, con esa tensión de que en cualquier momento los pájaros de la noche pueden posarse en los hilos invisibles de la espera. La lluvia crepitaba sobre las losas de la calle. El conferenciante dijo "Buenas noches". La empleada del ayuntamiento saludó inclinando la cabeza. El conferenciante renunciaba a disertar sobre el título previsto; hablaría de él, de los años perdidos, los minutos ganados, los amores que un día se fueron de la sala, las ambiciones personales y las desilusiones colectivas. Así lo hizo.
Al finalizar, se puso en pie y dijo: "Ha sido para mí un placer conocerles. Invito a toda la concurrencia a tomar un café y, si me lo permiten, a los asistentes a cenar". El conferenciante frustrado y la funcionaria apagaron las luces, se protegieron bajo el mismo paraguas, bebieron de la misma copa y compartieron el mismo lecho. A la semana siguiente, el alcalde que no había podido acudir a la conferencia por una ley confusa, les casaba en el salón de plenos de su ayuntamiento. En la calle la gente se felicitaba por la conjura. Les habían dejado solos y por fin habían sacado a su vecina de la soltería.»
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