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VICENTE DE LERINS

RECUERDO DE PORTUGAL, por Vicente de Lerins

RECUERDO DE PORTUGAL, por Vicente de Lerins Ayer estuve en la Taberna de Jose comiendo bacalhau portugués. Me gusta el bacalao, pero me gusta mucho más Portugal ;ese país inmediato, fronterizo y lejano. Dicen que hemos vivido de espaldas durante siglos. Me cautiva Portugal: mi música favorita es el fado, escritores como Miguel Torga, Pessoa, Lobo Antunes y sus cuentos o el inteligente y sagaz Saramago son o han sido mis escritores de cabecera.
¿Qué más puedo demandar a un país que no conozco y que me deja degustar todo lo bueno que tiene?

Al salir de la taberna tuve que que hacer un verdadero esfuerzo para recordar mi primer encuentro con este país. La única vez que visité Portugal fué a finales de los años noventa. Llegamos hasta la comercial y norteña Chaves en viaje desde Orense durante un fin de semana. Aún siendo tan ligero y breve el bagaje y la estancia, tengo en mi mente el plano de la Lisboa cantada por las fadistas con melancolía y a veces yo también viajo en ese tranvía amarillo de postal y recorro en un sueño que ahora se me antoja infantil, el Barrio Alto, Alfama, o la Catedral sin nunca haberlos visitado. Para encontrar mi primer recuerdo portugués tuve que bajar hasta el fondo y buscar en los pliegues de mi memoria, que ahoran son muladar y vertedero de tantos proyectos fallidos, para toparme con la primera experiencia vivida de pasión lusa. Recordé a Mario y a su familia que vivían al final del camino, ya en Columbrianos, en una insólita casa de adobe con techumbre variada de teja entreverada de chapas de hojalata, extraña por la carencia de ventanas o de haberlas resultaban ridículas o estaban tapiadas. Allí vivían varias familias, pero el patriarca era Mario (Mauro) el Portugués. Y de ahí me viene el recuerdo, de ir a misa los domingos con Manolo, su primo José Manuel o Paco y pasar por delante de la casa sin mirarla, recelosos, con un pavor congelado, y salir corriendo al menor grito o ladrido sin atrevernos a volver la vista y curiosar. Siempre había perros, perros grandes de guarda, y caballerías. Eran chalanes, vivían del trato de ganado, en especial del equino, de mulas y burros grandes como elefantes. También trabajaban de feriantes y los veíamos en las fiestas de los pueblos, con las casetas de tiro, las barcas o sus pequeñas rifas y tómbolas. Aún con la tristeza y la amargura generalizada que rezumaban aquellos años de dictadura, ellos parecían si cabe aún más lúgubres. ¿De qué remoto,desgraciado y triste lugar habían venido? A veces y en nuestra ignorancia, los llamábamos gitanos, o húngaros...¡y eran tan cercanos ! Ellos, los hombres, vestían como los mas pobres del lugar, excepto Mario -Nunca ningún vecino se atrevió a llamarlo «don»- que vestía de riguroso traje y siempre iba tocado con sombrero de paño. Las mujeres vestían faldas y trajes costumbristas, cubiertas con grandes y floridos pañuelones típicos de su país que en el pueblo llamaban la atención por ser tan pintorescos y porque para nosotros habían caído en desuso hacía algunos años. Aunque aquí se siguiera en blanco y negro con sus breves variaciones de gris, estábamos al menos oficialmente «más adelantados». No recuerdo haberles oído cantar fados, o sí y no supe que entonces lo que eran fados. Hoylos fados de Amalia, de Mariza, de Camané,...son el factum, la voluntad de los dioses.
Ahora sé que el fado forma parte del alma portuguesa, como lo ha explicado el gran poeta Pessoa:
«El fado no es alegre ni triste, es un episodio del entreacto; el alma portuguesa lo concibió cuando no existía, porque lo deseaba todo aunque no tuviera fuerza para realizarlo. El fado es la fatiga de un alma curtida, la mirada despechada de Portugal hacia ese dios en que había creido y que también le ha abandonado. En el fado, los dioses vuelven, legítimos y lejanos». Vicente de Lérins
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