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VICENTE DE LERINS

TARDE DE PLAYA, por Vicente de Lerins

TARDE DE PLAYA, por Vicente de Lerins Mi amante me dijo: "Inspirate en el color turquesa del mar, y miré, y me fijé y la ví a ella en la mar..."
«Viene rugiendo una ola coronada de blanco para deshacerse en la arena fina de la playa dianense de Las Marinas. De pronto enmudece y en su caída borra lamiendo las anónimas huellas de unos pies descalzos. Al poco se recoge formando la base de la siguiente onda. Sopla un viento de levante en la playa sosegada y ausente que mueve los penachos centrales de las palmeras. Tres niños en un endiablado juego de palas, cubos y rastrillos intentan construir una fortaleza de arena que se enfrente y detenga a la mar.
Una joven pareja toma el sol o se luce, ella impasible recibiendo las carantoñas y jadeos de un macho desprendido, mientras a su espalda, en el cañaveral, el mismo viento obliga a abrazarse a las cañas y carrizos en un acto obsceno de voluntades compartidas, se mecen dulcemente doblándose sobre su sombra. Hace horas que el sol ha comenzado su declive aunque aún hiera de soslayo.
Pasan caminando por la arena mas fresca dos mujeres entradas en años, hablan y gesticulan con los brazos, sisean al conversar como si rezaran. Es una procesión larga de hombres y mujeres que han rebasado la mitad de la vida y están acosadas por el colesterol, la diabetes...la opulencia, la carne -abandonados ya demonio y mundo- es el único enemigo del alma, y del cuerpo. Entre dos líneas de boyas amarillas se mueve rápido un surfista, primero en línea recta para luego dar un quiebro; gira la solitaria vela y con un extraño golpe de viento viene a caer al agua.
Vuelve a repetir de nuevo , casi de memoria, el mismo rito: sube a la tabla, endereza la vela, surca un trecho en línea recta, da un recorte excesivo y cae de bruces de nuevo; y así una y otra vez siempre dentro de los límites de las boyas amarillas. A lo lejos una zodiac bicolor, roja por arriba y gris bajo la linea de flotación está inmovil como anclada en el fondo del mar.
Pasean delante, por la zona húmeda, cada vez más peregrinos cofrades de la "santa enfermedad del siglo", unos marchan mas rápidos que otros, aunque todos caminan con ánimo resuelto, ligeros movimientos y braceando maquinalmente, como autómatas. Dos gaviotas vienen ráudas hacia el cañaveral sobrevolando a la joven pareja; dos pechos turgentes, de pezones encabritados las enfilan como cañones antiaéreos, mientras el macho ahora dormita, ajeno, enfrascado en un sueño abisal.
Se persiguen dos motos acuáticas rugiendo como moscones, lanzando un chorro de agua en columna como un géiser móvil.Muy lejano, del surfista sólo se columbra una vela triangular como la aleta de un tiburón gigante. En lontananza se divisa el lomo oscuro, verdinegro de la mar fundido con el azul desvaído del cielo. Y el color verdinegro llega a un gris clarito, cercano, siguiendo una degradación armónica del color: En esa transición me quedo con el turquesa recomendado por mi amante.
Una ola se retira y deja ver como en un espejo un cuerpo orondo difuminado. El sol sigue su curso hacia poniente y hace con su luz que toda la ensenada quede cubierta con papel de aluminio, semejante a una cubeta de mercurio sesgada por su estela blanquecina.
Los niños siguen afanados en rematar una desdentada torre del homenaje. Y las olas vienen y van rugiendo. Vicente de lerins, Denia, julio 2005
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1 comentario

Miguel Hernanz -

Esta "Tarde de playa" es un cuadro pintado con paleta de trazos gruesos a base de colores marinos, salpicada de agudeza en el verbo y prodigalidad en el epíteto, que me ha entusiasmado, compañero Vicente, quizá porque toca sabiamente esa tecla melancólica que retrotrae a la época estival, algo muy recomendable para estos días de otoño (y por qué no, también para los de invierno y primavera), pero sin renunciar a esa delicada y elegante mordacidad en la recreación que te caracteriza, caballero De Lerins.
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