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VICENTE DE LERINS

OBRA PUBLICA, AMOR PRIVADO, por J. Barril

OBRA PUBLICA, AMOR PRIVADO,  por J. Barril Estoy llegando tarde. Probablemente siempre en mi vida he llegado tarde. Aquí estoy, detenido entre el asfalto y el cielo, entre coches y más coches, bajo la lluvia tanto tiempo esperada del otoño. Impidiéndome el paso está el señor Nissan que a su vez se ve inmovilizado por el señor Megane y por la señora Mercedes A. Los atascos en día de lluvia son más densos y asfixiantes. No hay ruido ambiental, sólo la música. Imagino a qué se dedican mis vecinos de atasco. El señor Citroën de mi izquierda puede ser un profesor de universidad al que están a punto de suprimirle la carrera y dejarle con toda su sabiduría en el paro virtual. Miro por el retrovisor y veo a doña Kia cantando una canción aflamencada. De vez en cuando Kia se arranca por palmas y frunce el entrecejo como si en la soledad de su coche recién estrenado le doliera algo.
Busco en la guantera un disco que me serene. Llego tarde, pero el fin del mundo siempre puede esperar. Un disco antiguo: Ornella Vanoni, Vinicius de Moraes y Toquinho. Suave música brasieña cantada en italiano por gente adulta, diplomática y responsable. En diez minutos hemos recorrido cien metros. Veo al fondo de la tarde y de la lluvia una luz naranja. Muy cerca de mi carrocería se ha instalado el morro pequeño y curioso de un Smart. Está a un palmo del roce y de la pequeña colisión. Ya sólo faltaría una raya en mi coche, por cierto metalizado, que es peor.
El Smart continúa avanzando por centímetros. Se oye la protesta de una coral de bocinas. Ni siquiera una mano cabría en el espacio entre su coche y el mío. Me fijo en el conductor. Mejor dicho, conductora. Toco el claxon para que sea consciente de la rascada inminente. Ella sólo mira al futuro. Es guapa. ¿Cómo no ha de serlo? Su rostro y su silueta intuida me recuerdan a la mujer con la que tejimos una larga historia de nueve años. Unas llaves, un silencio, un abrazo, el mundo era nuestro fuera del mundo. Se frotaba la nariz de derecha a izquierda cuando se sentía inquieta. Dejamos de vernos de la misma manera que las cuerdas se deshilachan, sin dolor y sin peso, con amor y con distancia. Ella se fue con un ingeniero de caminos, un hombre sin duda bondadoso y paciente. El Smart está a punto de tocar carrocería. Un prolongado bocinazo. Ella despierta y se frota la nariz de derecha a izquierda. Me ve, la veo. Somos nosotros.
Bajo el cristal de la puerta y ella, el suyo. La lluvia se introduce en los coches y nos moja la frente. "Hola, ¿cómo estás?" "Ya ves, voy tirando, ya sabes, el trabajo y todas esas cosas. ¿Cómo te va?" Los vehículos de atrás tocan el claxon y nos obligan a avanzar. Me ha preguntado que cómo me va. ¿Qué le digo? ¿Realmente me va tan bien como para mentir? Desde que no estoy con ella las cosas han ido de mal en peor. Pero, ¿se lo diré? Un poco de orgullo, hombre. No diré nada que demuestre debilidad, faltaría más. Agua pasada.
El Smart llega de nuevo junto a mí: "Pues muy bien, ¿sabes? Me va muy bien. Creo que he alcanzado mi equilibrio". Menuda idiotez: ¿A quién le importa el equilibrio ahora? Al azar hay que darle siempre algo para que algún día nos compense y nos devuelva la apuesta. El azar me la ha colocado a pocos centímetros de mi coche. Mejor decirle lo bueno que sería tomar una copa juntos. "Y a ti, ¿qué tal te va?" Y ella dice a gritos, entre la lluvia que golpea con fuerza el techo de su coche y del mío, que vive con el ingeniero de caminos de siempre y que se está planteando tener hijos: "Ya sabes. O ahora o nunca. Se me está pasando el arroz". Callamos y nos miramos a los ojos. Los coches de atrás vuelven a protestar. Sonreímos. Está más guapa que nunca. He sentido unos absurdos celos del ingeniero de caminos con el que va a compartir hijos y noches. De nuevo el atasco: "Yo no estoy con nadie. En realidad tal vez no podría estar con nadie más". Eso he dicho. Me importa muy poco si lo cree o no. Ella calla. Diría que calla demasiado. Su mano surge de su Smart, cruza la lluvia y busca mi mano. Ya estamos en el origen del atasco. Suenan las bocinas de los coches que nos siguien. "Te llamaré". "Mejor no". Un obrero la ha dejado pasar por el carril de dirección única e inmediatamante me ha plantificado el stop en el cristal. Se va entre la lluvia y me ha parecido ver bajo el casco amarillo del director de obras la sonrisa malévola de un ingeniero de caminos.
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