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VICENTE DE LERINS

LA TECLA MAGICA, por J.Barril

LA TECLA MAGICA, por J.Barril

«Pepe Capricornio estaba triste. No quería reconocerlo, pero la tristeza se deposita en los músculos y el cuerpo le delataba. Capricornio había visto cómo su gran amor era en realidad tan pequeño que se había ido por el desagüe de la ducha. Una mañana, cuando se despertó, se quedó con el hueco de la almohada vecina y el vapor del cuarto de baño. En el espejo la mujer de su vida había escrito sobre el cristal empañado: "No quiero verte más. Gracias por nada". Y se había ido. Pepe Capricornio se vistió de farsa y se dedicó a arrastrar su pena entre los amigos que le quedaban y las amigas de los amigos que le ponían a tiro. "Un clavo saca otro clavo", le decían. Y Capricornio haciéndose el duro consigo mismo para luego llegar a casa y sentirse llorar sobre su cuerpo frío y solo.
Capricornio acudió a la cena que le habían propuesto sus amigos. Golpes en la espalda, abrazos de consuelo, alguna novia antigua y una mujer nueva en la mesa del restaurante. Se llamaba Lucía Virgen. Capricornio y Virgen se dieron un par de besos tangentes a las mejillas. Cálidos besos. Indicios de caricias. Y los chistes dejaron paso a la euforia. Ya se sabe: cuando uno está melancólico el antídoto es la compra compulsiva. Capricornio llamó la atención de todos. "¿Sabéis qué me acabo de comprar?". Y todos callados para satisfacer la demanda de atención del pobre Capricornio. Blandía un teléfono móvil. "No se trata de un teléfono cualquiera. Es el más caro del mercado. Acepta todas las tarjetas, pero tiene una virtud añadida. Apretando esta tecla me conecto con una voz que me soluciona todos los problemas. La voz sabe quién soy y, si yo le pido unas entradas para el Covent Garden de Londres, me las reserva. Y si pido una limusina frente al Hotel Costes de París, allí estará la limusina". Capricornio, a quien le había dejado la persona más querida, era ahora un ser desvalido que sólo sabía ser en las cosas. Los amigos tocaban aquel pequeño teléfono con la veneración de los pueblos primitivos ante el progreso. Lucía Virgen, modosa y con la mirada caída, preguntó qué más se le podía pedir al teléfono mágico. "Mira, Virgen. Ayer leí una oferta de fin de semana en el Hotel Pluscuamperfecto y reservé una suite. Ahora mismo podría apretar este botón y pedirle al teléfono mágico que me mandara una mujer como tú a mi suite para hacerme compañía. Eso también lo logra el teléfono. Pero no lo haré, porque por mágico que sea el teléfono y por más que llamaran a la puerta nunca serías tú".
Lucía Virgen se sonrojó. El resto de la mesa acompañó la grosera soledad de Capricornio con sonrisas de compromiso. Era evidente que Lucía Virgen era una mujer de virtudes clásicas. No era difícil, sencillamente no estaba para ese tipo de frivolidades de solteros desesperados. A lo largo del café largo Capricornio lució todos sus encantos para lograr que accediera a ir a su suite, aunque sólo fuera para jugar al ajedrez. Pero todos sus intentos contribuían al fracaso más evidente. Lucía no era una mujer promiscua, y era eso lo que la hacía más deseable. Capricornio se dio cuenta de que perdía el tiempo, se levantó y anunció que se iba a la suite 24 del piso 24 del Pluscuamperfecto. No se veía capaz de vivir un nuevo fin de semana en la soledad de su casa vacía. Al menos, la soledad de una noche de hotel. Adiós. Encantado de conocerte Lucía Virgen. Algún día, en otro lugar, tal vez.
Llegó a su suite. Abrió el mueble bar. Conectó una televisión lejana. Finalmente llamó al número prodigioso de su teléfono mágico. "Soy el abonado Capricornio. Quiero una mujer que juegue al ajedrez para que me haga compañía esta noche en la suite 24 del piso 24 del hotel Pluscuamperfecto". Le respondieron que sus deseos eran órdenes y que en media hora la tendría. Capricornio se metió en la ducha, porque el ajedrez es el único deporte donde la gente se ducha antes de jugar y no después del partido.
Al cabo de media hora llamaron a la puerta. Un botones traía un tablero de ajedrez con unas magníficas piezas de caoba. "Parece ser que ha pedido un ajedrez. ¿Dónde se lo pongo?". Capricornio le indica la mesita. Al cabo de pocos minutos llaman de nuevo. Capricornio abre. Una mujer que casi no mira a los ojos está en el dintel. Lucía Virgen entra decidida. "Hola, Capricornio. Me han llamado de la central diciendo que un hombre desesperado quería jugar al ajedrez. ¿Quieres que nos hagamos compañía?".»

J. Barril C.

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