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VICENTE DE LERINS

MANUAL DE INSTRUCCIONES, por J. Barril

MANUAL DE INSTRUCCIONES, por J. Barril
«No era el mejor día para ir de marcha. La joven Bea se había pasado toda la mañana en el hospital junto a Maricruz Cruz, la dueña de la boutique de la que Bea era clienta. Iba a comprarse un top para la fiesta de la noche y se encontró con la señora Cruz llorando en el interior de los probadores. Tenía un moratón en el pómulo y una mirada que traspasaba los espejos sin saber dónde posarse. Maricruz estaba casada con un abogado prestigioso, en el bien entendido de que a veces en el mundo de la abogacía el adjetivo prestigioso es sinónimo de sin escrúpulos. Sin duda el rico abogado no tenía ningún escrúpulo en dejar que se le fuera la mano sobre el rostro de su esposa. No era la primera vez, ni sería la última. Bea consoló a Maricruz, la ayudó a cerrar la boutique y la llevó al hospital, de donde salió con un parte médico, una de cuyas copias iba directamente a la fiscalía. Luego ayudó a Maricruz a hacer una maleta y la dejó en el aeropuerto para irse a casa de una hermana que vivía en Oviedo. Con el corazón en un puño, Bea se arregló, se puso el top del año pasado y, haciendo de tripas corazón, se dirigió a la cena navideña con sus colegas de facultad. No podía faltar porque ella la había organizado. Copas, risas, bromas, cuenta a escote y luego, como remate, discoteca. "A estas horas Maricruz ya debe estar en Oviedo", se dijo mientras se sumergía en el primer gintónic de la noche. El cuerpo se adaptaba a la música, pero los pies se habían quedado como pegados en el borde de la barra.
Sintió una mano en la cintura. Creyó que era una de sus amigas que le daba un toque de ánimo. Se giró y vio a un chico desconocido, un poco más cargado de lo conveniente, que le sonreía sin dejar de acariciar su cintura. Bea tenía dos maneras de sacárselo de encima. Una era la fórmula cinematográfica: se coge el gintónic con decisión y se arroja el contenido, sea en la bragueta del acosador, sea en la cabeza. Ha de ser un movimiento rápido para evitar una indeseable rotura de vasos. El ridículo público está garantizado. La segunda fórmula era más sutil. Se trata de acercarse lentamente a la boca del intruso, sonreír como si el ligue estuviera consumado, hacerle una caricia sobre sus labios, decirle al oído algo así como: "¿Sabes? Eres patético", y largarse. No hay adjetivo más demoledor para un hombre en celo que la palabra patético. Mientras piensan el alcance de la ofensa, la autoestima se les desmorona.
Pero en esta ocasión Bea se sintió invadida de un extraño respeto maternal. Demasiada violencia durante el día. Separó la mano de su pretendiente de la cintura y le llevó al lugar más discreto de la discoteca. "Usa tu mano de tal manera que me hagas sentir acompañada, pero nunca poseída. No me vengas jamás por detrás. Mírame siempre a los ojos y aprende a leerlos. Cuéntame cosas de lo que haces en tu vida, no porque me importe sino porque así aprenderé el tono de tu voz, las palabras que usas, tu acento y tu manera de describirte a ti mismo. Déjame siempre un pequeño rastro de ti, una caja de cerillas, un posavasos con un número, para que te encuentre de vez en cuando en el bolsillo y pueda decidir si vale la pena conservarte. Si me buscas hazlo como si fuera yo la que te he encontrado. Da al azar la oportunidad de que vuelva a cruzarse entre nosotros. No fuerces. Cuando estés conmigo no hables todo el rato. Callemos y comprobemos si nuestro silencio compartido es más confortable que el silencio de cuando estamos solos. Ábreme puertas, acércame la silla a la mesa, no me trates como a una reina sino como a alguien igual que tu. Cuando llegues a casa después de habernos visto, mírate al espejo y comprueba si eres un poco mejor que al salir. Si volvemos a encontrarnos en la discoteca, no bailes conmigo. Déjame bailar con otros creyendo que estoy bailando para ti. No me hables de otras mujeres. Las sabré conocer por tus palabras. No te me des todo. Guárdate un poco de ti para descubrirlo en los años que vendrán. Ríe y haz que yo misma me ría, cuando esté sola, de lo que hemos reído juntos. Sé lo bastante sabio como para hacer que te necesite. Déjame mirarte las manos antes que las sienta sobre mi cuerpo. Y no me digas nunca palabras que me ensucien. En la vida habrás de ser cuidadoso y cariñoso. Cuidate de tus impulsos y cárgalos de cariño. Si lo haces, yo misma sabré encontrarte".
Bea se levantó, se despidió de sus amigas, llegó a su casa, se pegó una ducha y sonó el teléfono. Era Maricruz Cruz, que ya había llegado a Oviedo. "Me siento bien. Me siento limpia". Los empleados de la discoteca tuvieron que desplegar muchos esfuerzos para sacar a la calle a un cliente que se había quedado como pasmado y aturdido».
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