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VICENTE DE LERINS

EN EL CALOR DE LA NIEVE, por J. Barril

EN EL CALOR DE LA NIEVE,  por J.  Barril

«Le había dicho que no. Siempre en el último momento y una vez más. "Lo siento, cariño, no va a poder ser". Y a continuación la excusa, siempre más elaborada, siempre más inconsistente. Claro: no se puede aducir cada día un accidente leve de coche, ni tampoco la presencia inesperada de aquellos parientes lejanos. No importaba el hecho de la excusa. Lo importante era la ilusión depositada en aquel fin de semana y lo fácil que le resultaba a él fabular. "Haremos, esto y aquello. Iremos a un restaurante donde nadie nos reconocerá y luego a un hotel con encanto en el que nos inscribiremos con nombre falso". Todo era fácil durante la semana, pero en cuanto llegaba el viernes la fábula se hundía y los sábados eran grises como un calendario sin hojas.
Fines de semana en los que el fin parecía cada vez más cerca. Apenas un par de llamadas: "Perdona ahora no puedo hablar". Y por el teléfono la voz lejana de su mujer: "Alberto, ¿estás en casa?". La vida de los enamorados clandestinos ha de estar muy equilibrada, de lo contrario la balanza del amor se va hundiendo hacia el desencuentro.
Ella ni siquiera pensó cuando colgó el teléfono. "No va a poder ser", le había dicho. Y ella se comprometió a que las ilusiones están para cumplirse. "No va a poder ser para ti. Yo voy". Un breve saqueo al armario, un par de libros, unos discos de música de invierno y se encontró en la carretera, bajo una ténue llovizna, en dirección al hotel con encanto donde la esperaban con un nombre supuesto. Para el encanto no se necesita necesariamente a un hombre. Y menos a un hombre que experimentaba una curiosa metamorfosis que iba del entusiasmo de los lunes a la decepción del viernes.
Se frotó los ojos. Le pareció que el cristal se estaba empañando. O tal vez el limpiaparabrisas no acababa de funcionar. Se dio cuenta de que no era nada de eso. Las gotas de lluvia se estaban haciendo más densas. Se trataba de aguanieve y poco a poco se convirtió en nieveagua y finalmente en gruesos copos que iban tapizando el asfalto. Los servicios metereológicos ya habían advertido de la tormenta de nieve. Pero la nieve está para gozarla, no para temerla. El hotel con encanto todavía estaba lejos y el suelo empezaba a resbalar. De pronto se encontró sola en la carretera. No había coches ni delante ni atrás. Regresar era imposible. Si se detenía, las ruedas girarían sobre sí mismas. Nadie podría empujarla. A los mediterráneos la nieve nos atrae para devorarnos.
La nieve rascaba los bajos del vehículo. Inició una suave bajada. Intento frenar pero se dio cuenta de que la frenada era imposible. No acertaba a reducir y su coche iba sin ningún tipo de control hacia la curva. Sintió cómo un manotazo de nieve le cubría el cristal y el coche quedó inmóvil y parado en un pequeño talud. El viaje había terminado. ¡Maldito hotel con encanto y maldito orgullo de amante desairada! Intentó abrir la puerta del coche, pero la nieve lo impedía. Salió por la puerta del copiloto y ahí estaba un hombre, alto e imposible como un anuncio de perfume. "¿Está usted herida? Menudo susto". Junto al hombre se encontraba un coche idéntico al suyo, mismo modelo, mismo color. También él había perdido el control y se había deslizado por la pendiente hasta el talud. Y desde ahí había visto cómo unos faros se acercaban hacia su coche. Afortunadamente se habían quedado los dos vehículos uno junto al otro, muy cerca, con los motores parados y llenos de nieve. "¿Qué vamos a hacer?" "Nada. Esperar. Y ante todo conocernos, porque tendremos que pasar la noche juntos".
El hombre del anuncio de perfume era práctico y rápido. Su mano era sólida y serena. Se miraron a los ojos. El silencio de la nieve permite sentir los latidos de los otros y deja en el vientre un suave calorcillo. Ella se sintió traviesa y audaz: "¿En tu coche o en el mío?" El nerviosismo lleva a la risa. Y de la risa se pasa a la calma, a la seguridad y a la ternura. "Tenemos bastantes cosas en común. El mismo coche, el mismo color, la misma desidia en no llevar cadenas y el hecho de haber salvado la vida en el mismo instante".
Siguió nevando toda la noche. Cuando pasaron las máquinas quitanieves ni siquiera se fijaron en aquel túmulo blanco que cobijaba el punto ígneo del hielo. Cuando lograron fundir la nieve había llegado la primavera.»

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