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VICENTE DE LERINS

RELATOS BREVES

CAPRICHOSO AZAR, por Nora de Lerins

CAPRICHOSO  AZAR, por Nora de Lerins

¿Que tendra el amor, que cuando llega, “Fue sin querer...Es caprichoso el azar” tiene la magia de trastocar la lejania en proximidad, “No te busqué ni me viniste a buscar “, la ausencia en necesidad, sed que solo puede saciarse

“Yo estaba donde no tenía que estar y pasaste tú, iba y venía con prisa “

en la boca amada, lo vulgar adquiere ribetes de obra de arte...

”en la tarde que anunciaba chaparrón.”

El tiempo se detiene al contemplar la verde mirada, presentida, soñada... “Pero prendió el azar semáforos carmín, detuvo el autobús y el aguacero”. Nuestro cuerpo ya no nos pertenece, “hasta que me miraste tú.” sino que es una prolongacion, vibrante, temblorosa, palpitante, del alma de nuestro amante...virtual?

Fue sin querer...Es caprichoso el azar.. como sin querer pasar

 
NdL
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LA FURGONETA, por Vicente de Lerins

LA FURGONETA, por Vicente de Lerins

«Sinforiano Morán llevaba conduciendo el vehículo de su propiedad al menos durante más de veinte años. Lo compró cuando era todavía joven, emprendedor y soltero, con la blanca en la mano, sin haber pasado aún ninguna revista en Gobierno, justo al licenciarse de aquella mili de hambre, de vaqueros arrugados y petate permanente a cuestas, aburrido como estaba al no haber conseguido un puesto de trabajo estable de funcionario en aquel Madrid cosmopolita –lugar donde “sirvió al Rey”–, que por aquellos años había perdido el remoquete de “pueblón manchego” impuesto por el universal Cela, para pasar al agitado de “movida”. Lo compró para no perder el tiempo, como una inversión, esperando traspasarlo cuando le saliera algún negocio más rentable en el futuro. Pero empezó a tomarle cariño al coche poco a poco, y no como a una joven ardiente, sino más bien como a una vieja prostituta, reconocida y admirada, con una mezcla de compasión y antojo disimulado. Se casó, llegaron las letras apremiantes y el negocio de la furgoneta quedó consolidado en la familia. Conocía a Lulubel –así bautizó cariñosamente a la furgoneta– mejor que a su propia esposa. A la mañana cuando lo arrancaba, y según el carraspeo con que le respondía, sabía al punto el estado de las bujías de caldeo, del motor de arranque, si picaba biela o no... y cuando se colocaba en la parte trasera del vehículo para olisquear los vapores que salían del tubo de escape, movía ligeramente la cabeza, y seguro susurraba para sí: “Hoy quemas más aceite, jodio, parece que vas flojo de estárter” si el humo tomaba un cierto color azulenco. O le asestaba un “me vas arruinar, cabroncete, como entres en bancada”, si defecaba pequeños restos de carbonilla por el mismo tracto................ ( descargalo completo en http://es.geocities.com/vicente_de_lerins/ )

ESTA LEJANIA QUE ME MATA, por Nora de Lerins

ESTA LEJANIA QUE ME MATA, por Nora de Lerins «Esta lejanía que nos separa me está matando. Pero también es la misma lejanía oceánica que nos está uniendo. Y me conformo con verte a hurtadillas, secuestrándote de tu familia algunos días a la semana con fervor devoto y pasión de raptora consumada y pasear juntos, abrazados, convenientemente anillados, fundidos en una neblina que disipa nuestros contornos más reconocibles para distorsionar ocultando nuestra presencia a los ojos, a las frívolas miradas de nuestros conocidos.

Llegamos a “nuestro bar”, que tiene mucho de tasca y tugurio, y que nosotros mudamos en el mas bello salón de té virtual de esta tierra. Mudamos sin compunción ni arrepentimiento el hule seboso y áspero que cubre nuestra pequeña mesa de madera por un fino bordado de hilo, las cortinas pasan a ser de elegante raso, y la luz de la bombilla, escasa y amarillenta, con la pantalla plagada de excrementos de mosca, viene a convertirse en araña palaciega de lágrimas de diamante. El café con leche nos sabe a gloria aunque las tazas sean de loza barata y blanca, gruesas en sus filos, tan diferente a la porcelana que manejas en tu casa y que decora la abusiva vitrina de caoba que las contiene. Y el florero, nuestro búcaro con dos rosas rojas de plástico, apergaminadas y renegridas por el tiempo, inodoras como el agua de lluvia, se convierte en el más estilizado violetero para albergar las flores del amor, las flores del mal. Quedan nuestras miradas recoletas, clavadas las pupilas el uno en el otro, ausentes del espacio y del tiempo que nos rodea... pues hoy nos ha tocado vivir en el París glamouroso de la cercanía, del desarraigo y del romance permanente... ¡o quizá no!

Quizá todo vuelva a ser ese sueño reiterado, esa pesadilla que me ahoga, esa lejanía oceánica que me pasma, esa ausencia tuya que me aniquila.
Deseo con viveza y trastorno hasta la locura que llegue la hora para verte de nuevo, aunque sea de forma virtual y en la distancia, aunque vuelva a matarme de amor esta lejanía que nos separa...” NdL

A TI, por Tessa de Lerins

A TI, por Tessa de Lerins

«Cómo me gustaría que me conocieras mejor, que entendieras cómo soy, cómo siento y lo que tú me haces sentir. Nada de esto es frívolo e intrascendente. Es profundo, cálido, agradable...

¿Qué pasó? Creo que entendías mi silencio, conocías perfectamente ese lenguaje de los gestos, huerfano de palabras, esa confianza que me inspirabas y que yo depositaba en todo tu ser. Rebosaba ternura, delicadeza... La paz que sentía mientras paseábamos no tiene precio para mí.

Decías que era toda libertad y es cierto, pero tú la duplicaste, jamás me sentí más libre que cuando estaba contigo y a la vez más unida a ti.

¿Crees qué es incongruente? Nunca se es tan libre como cuando estás con otra persona, consciente de que estás, queriendo estar.

¿Cómo escribir, cómo decir, expresar todas las sensaciones que se agolpan dentro de mí. Necesito que les sientas, que las sepas pero no hay palabras que la definan, es ese temblor interior, esa agradable tristeza, esa esperanza contenida, ese control para no estallar y que todo salte en borbotones...

Muy de tarde en tarde necesito escribir estas cosas y cuando lo hago, lo guardo, nadie debe leerlo, nadie debe intuir lo que me pasa. Es extraño que hoy, por primera vez necesite que alguien lo vea, lo entienda o lo sienta; pero no cualquiera, no, sólo debes saberlo tú...

¿Será que hemos empezado la casa por el tejado y tengo que construirla rápidamente para que no se caiga?

Hoy 1 de Abril después de una agradable llamada telefónica. »

TdL (Sevilla, abril 2006)

CITAS DE ESCRITORES

CITAS DE ESCRITORES

Citas de "Mon ami Groucho:

  • "Citadme diciendo que me han citado mal."
  • "Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros."
  • "Yo encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa, me marcho a otra habitación y leo un buen libro."
  • "Parad el mundo que me bajo."
  • "Conozco a centenares de maridos que volverían felices al hogar si no hubiera una esposa que les esperara. Quiten a las esposas del matrimonio y no habrá ningún divorcio."
  • "No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos."
"No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio".

TE SUPLICO EXISTENCIA, por Francisco H. Martínez Borelli

TE SUPLICO EXISTENCIA, por Francisco H. Martínez Borelli

«Por esta ausencia que no une

más allá de todas la palabras,

por el dolor que compartimos

aquel lejano tiempo sin olvido,

por el sueño gris que se deshizo

arrodillando las columnas del cielo,

por los veranos que anduvimos

recorriendo el mar y la esperanza,

por todo lo que fuimos

y lo que no fuimos pero anhelamos,

por esta comprensión de hoy

que tarde me humaniza,

y por los recuerdos que rescato,

te suplico existencia, me perdones,

no haber aprendido a ser feliz dándome tanto.

Cuando quise alcanzar el horizonte

atravesando un laberinto atávico,

descubrí que agonizaba el bosque.»

F.H.M.B

LOS CUENTOS DE MI ABUELO (BUNI DE LERINS)

LOS CUENTOS DE MI ABUELO (BUNI DE LERINS)

LA MOZA TROPEZONA

«Era una moza que se fue a confesar. Y tenía un pecao muy grande y le daba vergüenza decírselo al señor cura. Pero el cura tanto la obligó que tuvo que...gomitar el pecao; y dijo:

- Mire, padre, yo tuve un tropiezo con un fulano.

- Entonces, el cura echó las manos a la cabeza y dijo:

- ¡Jesús, Jesús, Jesús!, ¡que usté no sirve pa yegua de arriero porque es muy tropezona!

Y le dice ella:

- Pues entonces usté tampoco val pa macho de carromatero porque es muy espantadizo.»

CONJURA ACADEMICA, por J.Barril

CONJURA ACADEMICA, por J.Barril «El conferenciante acababa de tomar sus notas. Un viejo truco de conferenciante es tener siempre el mismo argumento pero adornarlo con temas locales, con anécdotas que el público de esa noche aceptará con una sonrisa y, así, conseguir su complicidad. Curioso oficio este de ir por el mundo a predicar sobre algo que no es ningún dogma. Un conferenciante es una persona llena de dudas cuya función es transmitir sus dudas a los que le escuchan. Eso si es que hay alguien para escuchar.
El maduro conferenciante, mientras iba tomando notas sobre la historia local, se entretenía en contar. Contaba las sillas, todas ellas vacías, que la institución había dispuesto para aquel acto. "Hay que dar siempre media hora de cortesía", se decía a sí mismo. Y la organizadora del acto iba paseando arriba y abajo de la sala vacía. No por atractiva dejaba de estar más tensa e inquieta. ¿Qué podía estar pasando para que nadie llegara a la cita en el momento oportuno? La señora, una mujer soltera, ya había tenido que excusarse ante el conferenciante por la ausencia del alcalde. La prensa comarcal había decidido que era más importante cubrir el encuentro de la máxima categoría de un deporte tradicional en el que el equipo municipal se jugaba su prestigio. Por si fuera poco, llovía. O sea, que no había nadie y estaban a punto de vencer los 30 minutos de cortesía.
"La verdad, señor, no entiendo lo que ha podido suceder. Hemos hecho un gran esfuerzo para que la gente viniera, pero tal vez la lluvia, tal vez un atasco". El conferenciante no era nuevo en ese oficio de esperar a las multitudes y que éstas se limiten a cuatro o cinco personas con sueño atrasado y pocas ganas de dudar de nada. "No se preocupe usted, señorita. Les daremos un cuarto de hora de cortesía más". Y la funcionaria de la concejalía de Cultura se sentía aliviada por la comprensión del conferenciante. Y salía a la calle mojada para ver si con su presencia conseguía introducir en la sala a una mínima audiencia. "¿No ve que en la calle se va usted a mojar? Pase y siéntese. Y escuche usted al prestigioso académico que ha tenido la amabilidad de venir a este rincón del mundo sólo para usted". Eso les diría. Pero nadie pasaba por la calle. Y en el cercano pabellón se escuchaba el rugido de las masas apoyando al equipo local, que se había adelantado en el marcador de aquel extraño deporte ancestral.
Cayó el cuarto de hora de cortesía. Tres cuartos de hora sobre el horario previsto. En la sala sólo dos personas. Las dos con mucha historia personal a sus espaldas y con muchas frases huecas por decir a nadie. El conferenciante le dijo: "No se preocupe usted. Yo tengo muchas cosas por decir y no tengo a nadie que me escuche. Y usted tiene muchas cosas por callar y no hace otra cosa que intentar hablar conmigo. Dejémonos estar en el silencio confortable de una sala demasiado grande y, dentro de un cuarto de hora, decidiremos". La funcionaria no estaba para llevar la contraria a alguien a quien el pueblo había dejado en la más absoluta soledad. Se sentó en la primera fila. El conferenciante en la mesa, ante el micrófono. Conectó el micrófono sólo para que se oyera su respiración y demostrar al mundo que no había muerto. Se miraron largamente, con esa tensión de que en cualquier momento los pájaros de la noche pueden posarse en los hilos invisibles de la espera. La lluvia crepitaba sobre las losas de la calle. El conferenciante dijo "Buenas noches". La empleada del ayuntamiento saludó inclinando la cabeza. El conferenciante renunciaba a disertar sobre el título previsto; hablaría de él, de los años perdidos, los minutos ganados, los amores que un día se fueron de la sala, las ambiciones personales y las desilusiones colectivas. Así lo hizo.
Al finalizar, se puso en pie y dijo: "Ha sido para mí un placer conocerles. Invito a toda la concurrencia a tomar un café y, si me lo permiten, a los asistentes a cenar". El conferenciante frustrado y la funcionaria apagaron las luces, se protegieron bajo el mismo paraguas, bebieron de la misma copa y compartieron el mismo lecho. A la semana siguiente, el alcalde que no había podido acudir a la conferencia por una ley confusa, les casaba en el salón de plenos de su ayuntamiento. En la calle la gente se felicitaba por la conjura. Les habían dejado solos y por fin habían sacado a su vecina de la soltería.»

NO ES EL AMOR, por Julia Prilutzky Farny

NO ES EL AMOR, por  Julia Prilutzky Farny

«Tal vez no sepas nunca cuándo y cómo

quise salvar mi amor, tu amor. El nuestro.

Una vez será tarde.

Yo presiento

esa herida que avanza,

ese cierto dolor de no querernos.

Cómo decirte ahora:

mírame aún, así, trata de verme

como soy, duramente.

Con mi ternura. Claro, y mis tormentos.

Cómo decirte: sálvalo, si quieres

y cuídalo. Se te ha ido de las manos,

se me va de la sangre y no regresa.

Cómo decirte que te quiero menos

y que quiero quererte como entonces.

y que entiendas

y no te encierres más.

y me dejes creer en ti, de nuevo.

Cómo decirte nada.

Un día será tarde. Tarde y lejos.»

J.P.F

Y MAS BESOS...., por Abundio (Con la venia)

Y MAS BESOS...., por Abundio (Con la venia) «Quien no sabe del beso mañanero; desconoce la Aurora.
Si del medio día;ignora la luz y las sombras que provoca.
Si desconoce el de la tarde; Anda huerfáno del crepúsculo y los sueños que cobija.
Si no supo de los nocturnos;la soledad le impide la magia de las tinieblas.
Si un beso nunca rozó su piel; desconoce el mar y el horizonte.
Si ignora la traición de un beso; deconoce la vida y aquienes le amaron.
Si nunca entregó un beso; la miseria será la causa de sus días.
Si nunca deseó un beso; desconoce los secretos del amor.
Si tampoco lo esperó; su destino nació muerto.
En fín,si tampoco supo urdir sueños porque ignoraba los besos;que te lo pregunte a tí, si aún tiene remedio

BESOS y besitos.....de Teresa D.S

BESOS  y besitos.....de  Teresa D.S

Y repecto a los besitos ... ummmmmmmmmm ¡¡¡ si supierais !!! tengo una gran variedad: . Estan los mañaneros , bueno no sólo los mañaneros , los de mediodia, los de la tarde ,los nocturnos ... y no sólo los afectuosos... los cariñosos,,, los ansiosos,,, los serenos ...los.... los que rozan la piel ...los que se aprietan contra ella,,, .Los que te hablan ... los que hacen callar ... Los que deseas ... los que esperas .... los intencionados... los gozosos... los intensos... los robados...los entregados ...¡¡ Ah se me olvidaba!!, estan los traicioneros ... pero esos siempre los olvido, no los uso...

Elige el que más desees..... hoy es mi regalo

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EL SALTO DEL TIGRE, por Vicente de Lerins

EL SALTO DEL TIGRE, por Vicente de Lerins

«Afuera seguía lloviendo. El agua caída a lo largo de toda la mañana, se recogía ahora dócilmente para ser amasada más tarde con la tierra y formar un grumoso , primitivo y sustancial caldo de cultivo. Los dos habían llegado al mismo tiempo y se encontraban a cubierto, secos, bajo la marquesina que lubricada constantemente por el agua aparecía ahora encarnada y rutilante a la mirada lasciva del hombre. Rodeados ambos por pequeños islotes de tierra que pugnaban por emerger sobre los grandes charcos de agua que se iban formando en medio de otros aún mayores, charcos de un agua remansada, terrosa y sucia. Avelino Moratalla le había echado el ojo bueno, el sensual, el obsceno ojo derecho desde que la vio llegar. Hoy era su día. Avelino había salido “de caza” y no pensaba regresar a casa sin haberse cobrado al menos una pieza. Así, mientras ella estaba allí, tranquila, seca, la mirada al frente a un horizonte inexistente que podría ser el horizonte gris de la mar bajo la cúpula esférica, sin percatarse de su presencia o de haberlo advertido, haciéndose sencillamente la “interesante”, lanzando a veces con sus ojos grandes y abultados una mirada oblicua de soslayo, acompañada de un ligero mohín desdeñoso, huérfana de lujuria y sosiego, segura como estaba de la lejanía que aún les separaba, “distancia de seguridad” que ella mantenía como una necesidad vital. Y no se equivocaba.

Avelino intentó una aproximación directa, frontal, y lo hizo poco a poco, como un gran felino cazador, sabiendo que cualquier movimiento en falso delataría su presencia y la huida de ella sería inmediata y definitiva. Ella seguía ojo avizor, sin fiarse ni un pelo de sus intenciones, y como no hizo gesto alguno de desagrado que hubiese frenado en seco a Avelino, le dió a éste más fuerza, como más “confianza en sí mismo” al pobre de Avelino que se planteó mentalmente, en millonésimas de segundo un ataque táctico para la captura y rendición total de su potencial presa femenina. El siguiente trecho que debía cubrir Avelino para cerrar distancias, sería el más peligroso, resbaladizo –también por el agua y el suelo-, y trascendental (al menos para ella). Se preparó a conciencia: No deseaba que por nada del mundo ella se percatara de sus silenciosos, raquíticos y casi imperceptibles movimientos de acercamiento. Menos mal que hoy no se había puesto gomina ni colonia, su Varón Dandy permanente de fuerte y rancio olor meloso le hubiera delatado. En este tramo final, el más arriesgado, le comenzaron a traicionar sus nervios: empezó a sudar, primero por la frente, mas tarde por el cuello y el pecho, eran gotas frías que le paralizaban; su ojo libidinoso comenzaba un parpadeo involuntario, sin lograr ajustarlo, impidiendo un a apreciación justa, tensa, “Un ojo traicionero que habría que extirpar de cuajo” pensó él en el momento más delicado. Sus manos, anchas y blandas, con los dedos como porretas, pequeños cucuruchos articulados, diríase que no le iban a responder convenientemente ante el temblor que se iniciaba, un tamborileo, un baile de San Vito más bien. Aún así volvió a dar varios pasitos, cortos e inapreciables y como quiera que ella seguía allí, con una pasmosa serenidad de estatua, con su piel humedecida por el día lluvioso, aunque a Avelino esa piel se le antojó lubricada y erótica hasta la perdición, cubierta de un verde y fulgurante chubasquero que la emputecía vilmente, decidió jugárselo todo a una carta. No podía volver sin algo “que llevarse ala boca”.

El último minuto fue capital, metafísico.

Ya estaban los dos “excesivamente” cerca, casi a punto él de sobrepasar el “anillo de seguridad” imaginario que ella tanto se había cuidado de mantener a toda costa. Fueron unos segundos que resolvieron el ataque y la defensa postrera. Parado muy cerca de ella, Avelino con una ligera inclinación hacia atrás sacó el palo que llevaba escondido y echando el cuerpo hacia delante prodigó un solo y certero garrotazo con todas sus fuerzas... Ella, como un muelle, ya había extendido sus largas ancas traseras y volaba materialmente hacia el fondo del charco...Un largo “croaccc.....” se vio aumentado por el estallido al romper la superficie del agua. El croar bravo y lento de la rana y el chasquido del agua resonaron en la alta bóveda, la esfera húmeda de la burbuja donde se encontraban... Y afuera seguía lloviendo...»

VdL

LA TECLA MAGICA, por J.Barril

LA TECLA MAGICA, por J.Barril

«Pepe Capricornio estaba triste. No quería reconocerlo, pero la tristeza se deposita en los músculos y el cuerpo le delataba. Capricornio había visto cómo su gran amor era en realidad tan pequeño que se había ido por el desagüe de la ducha. Una mañana, cuando se despertó, se quedó con el hueco de la almohada vecina y el vapor del cuarto de baño. En el espejo la mujer de su vida había escrito sobre el cristal empañado: "No quiero verte más. Gracias por nada". Y se había ido. Pepe Capricornio se vistió de farsa y se dedicó a arrastrar su pena entre los amigos que le quedaban y las amigas de los amigos que le ponían a tiro. "Un clavo saca otro clavo", le decían. Y Capricornio haciéndose el duro consigo mismo para luego llegar a casa y sentirse llorar sobre su cuerpo frío y solo.
Capricornio acudió a la cena que le habían propuesto sus amigos. Golpes en la espalda, abrazos de consuelo, alguna novia antigua y una mujer nueva en la mesa del restaurante. Se llamaba Lucía Virgen. Capricornio y Virgen se dieron un par de besos tangentes a las mejillas. Cálidos besos. Indicios de caricias. Y los chistes dejaron paso a la euforia. Ya se sabe: cuando uno está melancólico el antídoto es la compra compulsiva. Capricornio llamó la atención de todos. "¿Sabéis qué me acabo de comprar?". Y todos callados para satisfacer la demanda de atención del pobre Capricornio. Blandía un teléfono móvil. "No se trata de un teléfono cualquiera. Es el más caro del mercado. Acepta todas las tarjetas, pero tiene una virtud añadida. Apretando esta tecla me conecto con una voz que me soluciona todos los problemas. La voz sabe quién soy y, si yo le pido unas entradas para el Covent Garden de Londres, me las reserva. Y si pido una limusina frente al Hotel Costes de París, allí estará la limusina". Capricornio, a quien le había dejado la persona más querida, era ahora un ser desvalido que sólo sabía ser en las cosas. Los amigos tocaban aquel pequeño teléfono con la veneración de los pueblos primitivos ante el progreso. Lucía Virgen, modosa y con la mirada caída, preguntó qué más se le podía pedir al teléfono mágico. "Mira, Virgen. Ayer leí una oferta de fin de semana en el Hotel Pluscuamperfecto y reservé una suite. Ahora mismo podría apretar este botón y pedirle al teléfono mágico que me mandara una mujer como tú a mi suite para hacerme compañía. Eso también lo logra el teléfono. Pero no lo haré, porque por mágico que sea el teléfono y por más que llamaran a la puerta nunca serías tú".
Lucía Virgen se sonrojó. El resto de la mesa acompañó la grosera soledad de Capricornio con sonrisas de compromiso. Era evidente que Lucía Virgen era una mujer de virtudes clásicas. No era difícil, sencillamente no estaba para ese tipo de frivolidades de solteros desesperados. A lo largo del café largo Capricornio lució todos sus encantos para lograr que accediera a ir a su suite, aunque sólo fuera para jugar al ajedrez. Pero todos sus intentos contribuían al fracaso más evidente. Lucía no era una mujer promiscua, y era eso lo que la hacía más deseable. Capricornio se dio cuenta de que perdía el tiempo, se levantó y anunció que se iba a la suite 24 del piso 24 del Pluscuamperfecto. No se veía capaz de vivir un nuevo fin de semana en la soledad de su casa vacía. Al menos, la soledad de una noche de hotel. Adiós. Encantado de conocerte Lucía Virgen. Algún día, en otro lugar, tal vez.
Llegó a su suite. Abrió el mueble bar. Conectó una televisión lejana. Finalmente llamó al número prodigioso de su teléfono mágico. "Soy el abonado Capricornio. Quiero una mujer que juegue al ajedrez para que me haga compañía esta noche en la suite 24 del piso 24 del hotel Pluscuamperfecto". Le respondieron que sus deseos eran órdenes y que en media hora la tendría. Capricornio se metió en la ducha, porque el ajedrez es el único deporte donde la gente se ducha antes de jugar y no después del partido.
Al cabo de media hora llamaron a la puerta. Un botones traía un tablero de ajedrez con unas magníficas piezas de caoba. "Parece ser que ha pedido un ajedrez. ¿Dónde se lo pongo?". Capricornio le indica la mesita. Al cabo de pocos minutos llaman de nuevo. Capricornio abre. Una mujer que casi no mira a los ojos está en el dintel. Lucía Virgen entra decidida. "Hola, Capricornio. Me han llamado de la central diciendo que un hombre desesperado quería jugar al ajedrez. ¿Quieres que nos hagamos compañía?".»

J. Barril C.

ESTAMOS CASI AMURALLADOS , por Francisco-Holver Martínez Borelli

ESTAMOS CASI AMURALLADOS , por Francisco-Holver Martínez Borelli «Estamos casi amurallados

por la misma distancia.

Cedidos al terror de una noche

que no acaba

y una voz donde el aire no suena.

Llámame desde la otra orilla donde estás

y moras confundida como yo, entre presagios.

Estoy aquí en tu hueco que no pude llenar

ni con mis sueños ni con los tuyos ausentes,

tan parecidos a estos de la vida.

Llevo el amor en ascuas

y afuera el tiempo tiene el mismo color

que en la memoria guardo de tu rostro.

Sabrás que soy la sombra de tu duelo.

Este muñón sumido por los cuatro costados

de no encontrar tu mano

ni el final de tus huesos

donde nació mi muerte

y el aire mudo que nos ciega la boca para siempre.

Ven como estés,

con la mitad que quede de tus ojos

como si de pronto despertaras

restregándote los párpados,

sólo de un largo sueño,

de mi muerte.»

F-H. M.B

LOS CUENTOS DE MI ABUELO (BUNI DE LERINS)

LOS CUENTOS DE MI ABUELO (BUNI DE LERINS)

DE CÓMO MOSCAN LAS VACAS

«Fue un bañés y entró en un comercio. Había allí muchos zuecos y un par de zapatos en lo alto, muy buenos, y él traía calzados unos chismes de esos, truecos, de madera. Y le dijo al del comercio:

- ¡Oiga señor!, si me deja calzar esos zapatos le enseño cómo moscan las vacas en mi pueblo.

-Bueno, hombre, bueno, ¡venga!, ¡hala!..

Calzóulos, pero dejó los truecos de él allí; calza los zapatos, endereza po la calle palante...uyyyy!!!..Ya cuando diba muy lejos empezó el tendero a darle voces, porque ya vía que non volvía a darle los zapatos y le díjole a voces :

- ¡Eeeeeh, dé la vuelta hombre!

El bañés se revolvió y le dice:

- ¡Ay, señor, la mosca viene de ahí!»

RELEVO, por Vicente de Lerins

«NO HUBIERA ESCRITO NI sifu/sifa de no haber sido por Juanjo Calero, que por caerse de la cama esta noche se anticipó en media hora al relevo de los muertos...y cuando desperté, JUANJO todavía estaba allí»...VdL

OTRA FÁBULA DE ESOPO, por J.Barril

OTRA FÁBULA DE ESOPO, por  J.Barril

«La gran asamblea extraordinaria de las aves se había tomado un pequeño respiro. Algunos representantes habían ido al riachuelo cercano a tomar unos sorbos. Otros se dedicaban a picotear por el prado. Oscurecía ya y el Ruiseñor Común, conocido por los humanos como Luscinia megarhynchos, entonaba su soliloquio haciendo gala de una voz perfecta. Lo de la voz no era una frivolidad. Un simple estornudo en el canto del ruiseñor y la asamblea se hubiera ido al garete. Se debatía los efectos de una extraña epidemia que había provocado en los humanos una verdadera furia avicida. El Pico Picapinos Dendrocopos major dio un redoble sobre un tronco y llamó de nuevo a la asamblea. Allí un Trepador Azul Sitta europaea, haciendo honor a su nombre y a su ambición de subir en el escalafón pajaril, dio conocimiento de una sustitución temporal de la presidencia. Debido a su avanzada edad y a mantener un horario exclusivamente nocturno el Buho Real había cedido temporalmente la dirección del debate al Buho Chico Asio otus, que con sus grandes penachos enhiestos y su grado de visión a la oscuridad, declaró reanudada la sesión. Tenía la palabra Doña Urraca Pica pica, quién con sus garras llenas de anillos de brillantes se dirigió, alarmada, a la asamblea propugnando impedir el paso a aves que vinieran de más allá de las fronteras humanas. "He visto cómo los humanos impiden el paso de otros humanos que llegan del sur. He visto cómo hundían sus embarcaciones y luego devolvían a los sobrevivientes al puerto de donde provenían. Si ellos lo hacen, ¿por qué no nosotros?"

"Urraca tiene razón", dijo el Arrendajo Garrulus glandarius. Nosotros aún sabemos distinguir a un colega enfermo en vuelo de aquel que está sano. Se trata de impedir que la torpeza humana acabe con todos nosotros sólo porque han encontrado el cadáver de uno de los nuestros con el virus. El Arrendajo mereció un gran aplauso. No en vano era un especialista en enterrar bayas y otras semillas para hacer su despensa, lo que garantizaba una espléndida dispersión vegetal que beneficiaba a todos y que permitía que el bosque se extendiera. El Arrendajo era un benefactor, pero su propuesta encontró rápidamente un opositor de peso. El Gavilán Accipiter nisus fue un poco más lejos: "Compañeros. La muerte es una parte de la vida. La muerte por enfermedad nos atenaza permanentemente. Nuestro enemigo mayor no es el virus, sino la reacción histérica de los hombres. Tenemos casos documentados que nos están indicando el camino. Recordad la rebelión de los pájaros en la ciudad californiana de Bodega Bay, narrada por un humano llamado Alfred Hitchcock. Ése es el camino. ¡Rompamos los cristales con nuestros picos y lancemos nuestra garras sobre sus mejillas!"

El graznido del gavilán provocó un clamor de venganza y de acción. El Águila Imperial Ibérica Aquila adalberti intentó moderar el discurso, pero la asamblea se había lanzado por la pendiente de la ira. Increpaban al águila: "Tú calla, vejestorio. Eres una especie en extinción. Sólo quedáis 130 parejas en el mundo. ¡Déjate morir en paz!" En el mismo sentido se expresaron otras aves sin título nobiliario en latín: el pato Lucas y su tradicional adversario el pato Donald, también el cóndor Pasa, la Famosa Perdiz, siempre agarrada a su botella de whisky, la Milana Bonita de Delibes, Juan Salvador Gaviota, la gallina Caponata e incluso la romántica golondrina Bécquer o la reproductora cigüeña de París.

El presidente Buho Chico estaba llamando al orden cuando llegó una delegación de estorninos. Uno de ellos llegaba con una ala desgajada y una herida profunda en el costado. La asamblea acalló sus trinos. El delegado de los estorninos anunciaba que se había producido una matanza en Figueres. Los cazadores habían sido convocados por el municipio, esperaron el momento en que la colonia de estorninos se disponían a dormir y dispararon a bulto para diezmarles. "Compañeros: la ira del hombre se ha dirigido al cielo. Ya no es un virus el que nos persigue. Nos persiguen sus escopetas. Yo os digo: ¡Ni un huevo más para los hombres! ¡Ni una pechuga más! ¡Libertad para canarios, periquitos y cotorras!".

Entonces llegaron los cazadores que habían seguido el vuelo de los estorninos y de la asamblea no quedó ni la paloma de la paz.» J.B.C

NO ME BUSQUES , por Ana Luisa Schneider

NO ME BUSQUES , por Ana Luisa Schneider

«No me busques

en el agonizante sol de un día concluido,

ni en las brumas vacilantes del otoño

ni en este grito recién amanecido.

No me busques en el viento torturado

que seguía nuestras huellas en la altura,

ni en los pájaros heridos en el alba

que cayeron perfumando la espesura.

No me busques en la magia de aquel sueño

que fue esencia de luz, sencillamente,

un espacioso ayer que se durmió acaso

en el límite de tus manos y mi frente.

No me busques en el derrumbe azul del cielo

ni en las quebradas dueñas del camino,

soy apenas la sombra de mi sombra

que se apaga lentamente en el olvido.

Me hallarás al final de todo tiempo

seré la hoguera incandescente,

que se alimentó con los silencios.»

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LA MISION, por Paradojica Entelequia

LA MISION, por Paradojica Entelequia «Surgió de la oscuridad del rincón, como surge un rayo en la noche tormentosa, de improviso, súbitamente.
Atravesaba el gran salón con paso errático, discontinuo, arrítmico, haciendo crujir las viejas y ennegrecidas tablas que cubrían el suelo.
Llevaba los brazos ligeramente extendidos, formando un ángulo recto con su cuerpo, miraba con devoción casi fanática algo que parecía flotar sobre sus manos.
Se comía con la mirada aquello, defendía con sus ojos saltones la pieza, cuidaba con rápidos vaivenes oculares de que un posible traspiés diera con ella en el suelo.
Buscaba hipotéticos usurpadores en la negrura de la estancia, alertando al máximo sus sentidos, escudriñando el aire, barriendo paredes, techos, muebles y hasta el aire húmedo con su febril mirada inyectada en sangre.
Su vida, estaba dispuesto a dar su vida, hasta el último aliento, en defensa de su bien más preciado.
Debía llegar a la otra parte del salón, donde se divisaba una oscuridad más intensa si cabe que daba acceso a la seguridad para su tesoro. Desconocía qué iba a encontrarse allí, pero su instinto le guiaba.
Agudizó lo que pudo la mirada, acribillando la noche imperante en el recinto. Le dolían los bíceps de sostener tan leve peso, tanto cuidado ponía en la empresa. Sus dedos sujetaban aquello con delicadeza, pero con firme decisión de defensa.
Y si no era seguro el lugar? Qué haría? Y si su instinto le engañaba?
Un sudor frío resbaló por sus sienes. El gesto de sus finos labios grisáceos cambió y se tornó entre dudoso y asustado.
No hallaba un lugar seguro. Ningún sitio era lo suficientemente bueno para albergar aquello que miraba con adoración.
Había dedicado su vida a esa empresa, encontrar el lugar idóneo para guardarlo.
Cuántas veces había tenido que renunciar a sus deseos, incluso a necesidades casi vitales, por seguir la búsqueda. Y no hallaba el lugar.
El cansancio comenzaba a hacer huella en él, sentía terror ante los alarmantes aullidos de un cuerpo enfermo y viejo que le decía: detente.Pero no podía, no debía, era su misión, depositar en el lugar elegido aquel viejo vinilo de Tony Bennet.»

EN EL CALOR DE LA NIEVE, por J. Barril

EN EL CALOR DE LA NIEVE,  por J.  Barril

«Le había dicho que no. Siempre en el último momento y una vez más. "Lo siento, cariño, no va a poder ser". Y a continuación la excusa, siempre más elaborada, siempre más inconsistente. Claro: no se puede aducir cada día un accidente leve de coche, ni tampoco la presencia inesperada de aquellos parientes lejanos. No importaba el hecho de la excusa. Lo importante era la ilusión depositada en aquel fin de semana y lo fácil que le resultaba a él fabular. "Haremos, esto y aquello. Iremos a un restaurante donde nadie nos reconocerá y luego a un hotel con encanto en el que nos inscribiremos con nombre falso". Todo era fácil durante la semana, pero en cuanto llegaba el viernes la fábula se hundía y los sábados eran grises como un calendario sin hojas.
Fines de semana en los que el fin parecía cada vez más cerca. Apenas un par de llamadas: "Perdona ahora no puedo hablar". Y por el teléfono la voz lejana de su mujer: "Alberto, ¿estás en casa?". La vida de los enamorados clandestinos ha de estar muy equilibrada, de lo contrario la balanza del amor se va hundiendo hacia el desencuentro.
Ella ni siquiera pensó cuando colgó el teléfono. "No va a poder ser", le había dicho. Y ella se comprometió a que las ilusiones están para cumplirse. "No va a poder ser para ti. Yo voy". Un breve saqueo al armario, un par de libros, unos discos de música de invierno y se encontró en la carretera, bajo una ténue llovizna, en dirección al hotel con encanto donde la esperaban con un nombre supuesto. Para el encanto no se necesita necesariamente a un hombre. Y menos a un hombre que experimentaba una curiosa metamorfosis que iba del entusiasmo de los lunes a la decepción del viernes.
Se frotó los ojos. Le pareció que el cristal se estaba empañando. O tal vez el limpiaparabrisas no acababa de funcionar. Se dio cuenta de que no era nada de eso. Las gotas de lluvia se estaban haciendo más densas. Se trataba de aguanieve y poco a poco se convirtió en nieveagua y finalmente en gruesos copos que iban tapizando el asfalto. Los servicios metereológicos ya habían advertido de la tormenta de nieve. Pero la nieve está para gozarla, no para temerla. El hotel con encanto todavía estaba lejos y el suelo empezaba a resbalar. De pronto se encontró sola en la carretera. No había coches ni delante ni atrás. Regresar era imposible. Si se detenía, las ruedas girarían sobre sí mismas. Nadie podría empujarla. A los mediterráneos la nieve nos atrae para devorarnos.
La nieve rascaba los bajos del vehículo. Inició una suave bajada. Intento frenar pero se dio cuenta de que la frenada era imposible. No acertaba a reducir y su coche iba sin ningún tipo de control hacia la curva. Sintió cómo un manotazo de nieve le cubría el cristal y el coche quedó inmóvil y parado en un pequeño talud. El viaje había terminado. ¡Maldito hotel con encanto y maldito orgullo de amante desairada! Intentó abrir la puerta del coche, pero la nieve lo impedía. Salió por la puerta del copiloto y ahí estaba un hombre, alto e imposible como un anuncio de perfume. "¿Está usted herida? Menudo susto". Junto al hombre se encontraba un coche idéntico al suyo, mismo modelo, mismo color. También él había perdido el control y se había deslizado por la pendiente hasta el talud. Y desde ahí había visto cómo unos faros se acercaban hacia su coche. Afortunadamente se habían quedado los dos vehículos uno junto al otro, muy cerca, con los motores parados y llenos de nieve. "¿Qué vamos a hacer?" "Nada. Esperar. Y ante todo conocernos, porque tendremos que pasar la noche juntos".
El hombre del anuncio de perfume era práctico y rápido. Su mano era sólida y serena. Se miraron a los ojos. El silencio de la nieve permite sentir los latidos de los otros y deja en el vientre un suave calorcillo. Ella se sintió traviesa y audaz: "¿En tu coche o en el mío?" El nerviosismo lleva a la risa. Y de la risa se pasa a la calma, a la seguridad y a la ternura. "Tenemos bastantes cosas en común. El mismo coche, el mismo color, la misma desidia en no llevar cadenas y el hecho de haber salvado la vida en el mismo instante".
Siguió nevando toda la noche. Cuando pasaron las máquinas quitanieves ni siquiera se fijaron en aquel túmulo blanco que cobijaba el punto ígneo del hielo. Cuando lograron fundir la nieve había llegado la primavera.»

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